Descubrí la novela romántica con trece años. Una amiga del instituto me prestó Pasión otoñal, de Candance Camp, y se me abrió todo un mundo hasta entonces desconocido. Las novelas de Agatha Christie o Julio Verne dejaron de tener el mismo sabor, les faltaba algo, ese toque dulce y apasionante que me pellizcaba el corazón y me tenía despierta hasta las seis de la mañana.
Cuando eres una lectora tan voraz, el gusanillo de la escritura termina por hacerse un hueco en tu estómago y yo quería que esas historias de misterio también tuvieran final feliz, que Poirot encontrara a alguien con quien compartir su vida que no fuera el abnegado Hastings o que todas las aventuras de Verne fueran como las de Strogoff o Fogg.
Que tuvieran sus finales felices.
Cuando eso no ocurría, las reescribía a mi manera. O, directamente, inventaba mis propios personajes e historias.
El paso inevitable que llega después es el de querer que alguien más lea lo que has escrito.
Cuando publiqué mi primera novela en abril de 2014, no tenía ni idea de nada. Literalmente. Escribía por intuición: no sabía distinguir una estructura, ni cómo se escribían los diálogos, si los personajes debían tener un arco de transformación o qué era eso de los puntos de giro o los conflictos.
Las lecturas tampoco me servían porque leía por puro placer, bebiéndome las letras, libro tras libro, tan involucrada en la historia que no sabía ver nada más allá.
Todo me pilló de improviso.
Descubrí una comunidad de novela romántica en español que ignoraba que existía y tuve que deshacerme de un montón de prejuicios.
Fue todo muy rápido, maravilloso, increíble, inolvidable…, pero también doloroso.
La inexperiencia, la ignorancia y la ilusión por ver uno de tus mayores sueños cumplidos te hacen tomar decisiones sin sopesar las consecuencias.
No me arrepiento, no soy de mirar hacia atrás y lamentarme; mi camino se bifurcó y elegí el difícil. Si no hubiera cometido esos errores, tal vez, mis pasos no me habrían traído hasta aquí.
Si me paro a analizarlo, no sé por qué lo hice.
Siempre había sido muy insegura y con bastante poca fuerza de voluntad, no me avergüenza reconocerlo porque he crecido desde entonces. Habría sido mucho más fácil seguir escribiendo para mí y olvidarme de todo lo que implica ser escritora, pero supongo que tener un puñado de lectoras a las que les habían gustado esas novelas llenas de errores, escritas por intuición, sin técnica, me dieron el empujón necesario para no rendirme.
Y estudié.
Porque puedes tener talento, pero no es suficiente si quieres hacer de la escritura tu profesión, sobre todo, si tienes un grave problema con el perfeccionismo.
Me formé en corrección, marketing, redes sociales, programas de diseño, copywriting, productividad y, por supuesto, técnicas de escritura.
Decidí que quería tener bajo control todo el proceso de creación de una novela romántica; no volvería a sufrir por las campañas de ventas que hicieran otros, ni por los diseños de los libros en cuanto a cubierta y maquetación, que yo decidiría el precio, el cómo y el cuándo.
Hice de la autopublicación mi bandera. Y no porque me hayan rechazado las editoriales. Es porque así lo he decidido.
Pero no era suficiente.
Llegó un momento que escribir mis propias novelas o corregir las de mis compañeras me sabía a poco.
Tenía que hacer algo con todo el conocimiento adquirido a lo largo de todos estos años de estudio y experiencia.
Y monté un programa de mentorías individuales y personalizadas para que las escritoras que tengan dificultades puedan apoyarse en una guía que les señale el camino, acabar ese proyecto que están deseando publicar, empezar a escribir esa novela que llevan deseando sacar de su cabeza desde hace tiempo o descubrir en qué están fallando para ponerle solución.
Mi propósito: ayudarte a vivir tu sueño de ser escritora apoyándote en mí y, así, olvidarte de las inseguridades y las preocupaciones que puedan surgirte durante el proceso.
Bienvenida a este rincón.


